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... a 1 año del golpe en Honduras... se sigue reprimiendo

quiero publicar el siguiente articulo aparecido en el granma, que refleja en algo lo que ha significado y significa aun el golpe en Honduras.

El luto censurado de Honduras

Anneris Ivette Leyva

Ha pasado un año desde que las calles de Honduras se llenaron de espanto, y el éter, de silencio. Ni las ondas radiales que extraviaron la frecuencia; ni los tele noticiarios, inconcebiblemente desplazados por dibujos animados, advirtieron a nadie que el Estado de Derecho había sido sepultado por un brazo siniestro: el militar, y una técnica inequívoca: el golpe.

Bajo la fuerza del poder militar la democracia quedó aplastada en Honduras.

La sinrazón desinformativa, agudizada por el corte abrupto de la electricidad, y el cierre arbitrario de agencias extranjeras y medios alternativos, como Telesur, pretendía cubrir de incertidumbre la veracidad de los hechos: el presidente José Manuel Zelaya había sido secuestrado y enviado a Costa Rica; sus poderes constitucionales, usurpados sin miramientos.

Una vez más se puso a prueba la fórmula: cuando a los amos se les hace imprescindible acomodar la democracia a su favor, los medios de las elites del poder les moldean la realidad a su antojo. Ello explica también por qué siete días después, en el aeropuerto de Toncontín, el hilo fatídico de sangre escapando del cuerpo de Isis Obed Murillo desapareció de la foto difundida por el diario La Prensa, como verdad indigna de ser publicada.

No podía ser de otra forma, si las escasas familias que integran la oligarquía del país (solo el 3% de los hondureños controla el 40% del PIB), poseen no solo las mayores empresas, sino las estaciones de radio, los canales de televisión y los periódicos. Unos pocos apellidos destacan dentro de esta elite exigua: Facussé, Rosenthal, Larachs, Nasser, Kafie o Goldstein.

Acostumbrados a que casi nunca se tomara una decisión trascendente sin que les fuera consultada, las iniciativas progresistas de Zelaya debieron haberles provocado escozor.

Y para desbordar su copa de burgueses impacientes, les llegó la noticia de la posible celebración de una Asamblea Constituyente para modificar la Carta Magna e impregnarla más de pueblo. Desarmados ante el poder de la autodeterminación ciudadana expresada en una cuarta urna, corrieron a evitarla por la fuerza de "la armada".

No se necesitan más argumentos para comprender por qué, según denunciara Leticia Salomón, investigadora de la Universidad Nacional de Honduras, el golpe fuera gestado desde las entrañas empresariales de uno de los Facussé, Carlos Roberto Flores, ex presidente de Honduras y dueño del periódico La Tribuna.

Tampoco sorprende la implicación de Estados Unidos, desarticulador histórico de los procesos integracionistas de América Latina. Primero surgió la sospecha por su tímida condena a los sucesos; luego, se comprobó el apoyo brindado desde la base aérea de Palmerola, a unos 97 kilómetros al norte de Tegucigalpa.

¿Resultado? El país perdió la constitucionalidad ganada en 1982. Los estados de sitio y toques de queda, terminologías de un pasado de asonadas militares que pugnaba por ser superado en el continente —aunque nada lejanas estaban las experiencias de Venezuela (2002) y Haití (2004)—, volvieron a germinar en el vocabulario cotidiano.

Sobre la base del recuerdo de tiempos peores, resucitaron nuevas versiones de los escuadrones de la muerte. Y quienes, por mostrar resistencia a la violación de sus derechos, no han perdido la vida, conocen que son pocas las alternativas que les restan: terminar exiliados, desaparecidos, o vapuleados en las calles ensangrentadas.

No obstante, algunos ya se atreven a alegar la existencia de un estado de normalización. En las páginas de los medios que convirtieron el golpe en "sucesión presidencial", según el léxico del cabecilla golpista, Roberto Micheletti, puede que la mentira funcione.

La prensa alternativa, sin embargo, nos habla de un creciente estado de terror donde los asesinatos, tratos crueles, golpes,...

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